The art of side questing
Crónicas del viaje

Viajar sola en moto : cómo empezó todo… y los primeros días en ruta.

Te cuento como acabé viajando sola en moto en Latinoamerica y mis movidos primeros días en la ruta por Brasil, Argentina y Paraguay.

5 de julio de 2026

Todo empezó el día difícil en el que dejé una larga relación. Me bajé de la van que construimos juntos, y me subí al Buquebus para volver a Montevideo, donde me juntaría con un amigo. También se podría decir que comenzó unos meses antes, el día donde conocí a dicho amigo en Chile, cuando viajaba en casa rodante con mi ex. Porque es ahí, en el medio de la nada, que vi por primera vez la moto que lo iba a cambiar todo. Una KTM 390 con placa colombiana, cargada hasta la loma y cubierta de stickers, cuyo dueño llevaría alguna que otra complicación a mi vida. Pero no sin antes presentarme al amor de mi vida... No, no él. Las motos.

Antes de todo, me parece importante mencionar que dejar a mi pareja de años fue la decisión más difícil que he tomado en mi vida. No entraré en detalles sobre las razones que me motivaron a esto, solo diré que lo intenté de todas mis fuerzas, y acabé tan cansada y triste que ni me reconocía. Aun así, fue horroroso.

En los días que siguieron a mi ruptura, pasaron tres cosas. Uno : fui a quedarme en la motoposada donde se quedaba mi amigo Jonathan — la sede de un motoclub uruguayo que también recibía motoviajeros. Un lugar increíble : lleno de motos, de historias y de buena gente.

Dos : para subirme la moral, me propuso ir a dar una vuelta hacia el este en su moto, y dije que sí, obvio.

Y tres — lo más importante — en la motoposada conocí a Felix. Otro motoviajero, que había cruzado brevemente en Ushuaia unos meses atrás, y que viajaba con Jo en ese momento. Un viajero y un aventurero, con el toque justo de locura.

Sin que lo supiera, ya se habían reunido los factores que me llevarían a subirme en una moto y salir rodando sola por América del Sur. Porque en la motoposada, me enamoré del mundo del motociclismo. Durante el paseo, me enamoré de la sensación del aire en mi cara. Y conociendo a Felix, encontré no solo un gran amigo — sino también a mi futura moto. La XT660R con la cual había recorrido las Américas de norte a sur.

Un mes después, la XT era mía, y salía hacia lo desconocido subida en ella, cargada con todo mi optimismo y mis cosas.

No creo que sea posible salir a viajar sin volver cambiado de alguna forma. Pero este viaje… me transformó por completo. Y una de las primeras cosas que tuve que soltar, es la ilusión de que estoy en control de algo.

Tal vez os parezca raro. En teoría, es sencillo. Uno elige su medio de transporte, su destino, sale y llega… Pero la realidad es que desde los primeros días, me di cuenta que se me iba todo de las manos, y empecé a sospechar que aferrarme no me iba a ayudar.

Miro atrás con tanto cariño estos primeros días. Estaba muy determinada, pero aunque no lo quería admitir (ni a mi mismo), tenía miedo de arrancar sola. Así que cuando Jo - que ya había vuelto a la ruta - me propuso juntarme con él en Ciudad del Este (Paraguay) para ir hacia la costa de Brasil juntos, acepté.

Aunque… La verdad es que no entendía muy bien su actitud desde que decidí seguir mi viaje en moto. En corto, se preocupaba. Pero no de una forma muy constructiva. Capaz, pensé, juntarme con él no era una muy buena idea. Decidí ser optimista. Habíamos viajado juntos antes, y lo pasamos muy bien. No veía porque tendría que salir diferente esta vez. Resultó ser un error, que me salió muy caro. Pero esto es otra historia.

Primero, venía el emocionante día donde despedí de mi amigo Felix y me lancé a la ruta. Un momento muy cargado, que marcaba el fin de su viaje, y el inicio del mío.

Por suerte, a pesar de ignorar mi instinto, no fui terca del todo y confié en el criterio de Felix cuando me dijo de no tomar el camino más rápido, sino el donde tendría más apoyo. Me explicó algo que me iba a servir muchísimo en los meses siguientes : cuantos más amigos tienes, más fácil se te hará viajar. Su consejo era el siguiente : pasar por Melo, al norte de Uruguay, y así conocer a Seu Coraza. Porque, me explicó, Seu Coraza es muy buen hombre, conoce a todo dios en Brasil, te va a querer ayudar. Me alegra mucho contaros que tenía toda la razón.

Este primer día, el 1 de Julio 2025, hice 400km. Lo cual es una absoluta locura por la poca experiencia que tenía. Llegué agotada, de noche, estresada y segura de tener un problema con el tapón del tanque de mi moto (spoiler : estaba puesto al revés). Estaba tan cansada y congelada que me quedé paralizada en frente de la casa de Seu Coraza, incapaz de decidir si bajaba para empujar la moto o la intentaba mover estando encima. Esta primera noche, cené con él y toda su familia, antes de colapsar de sueño al lado de la estufa de leña, con la compañía de un gatito que durmió encima de mis pies.

El día siguiente, después de charlar con mi anfitrión, retomé la ruta para cruzar a Brasil. Por suerte, cuando llegué a la frontera de Uruguay, se me ocurrió verificar la moto. Escuchaba un ruido raro, y a pesar de no saber nada de mecánica, rápidamente me di cuenta que había llegado mi primera prueba. Los remaches del escape habían saltado, y este andaba suelto. Tenía que solucionar esto si o si. Un pequeño detalle que cambió por completo mis planes, y me forzó a improvisar. No me quedaba otra que hacer marcha atrás en búsqueda de un mecánico simpático en el pueblo más cercano.

Sumando el tiempo que tardé en solucionar ese tema y en pasar la frontera con Brasil (una eternidad) : lo que tenía que ser una manejada larga pero razonable se transformó en mi segundo problema del día. Iba a llegar a mi destino de noche. Cuando me di cuenta de esto, me comuniqué con mi anfitrión, un conocido de Seu Coraza, y ahí empezó un festival. De repente, me empezaron a escribir 3 personas distintas (desconocidas) en español traducido y portuñol. Todas para aconsejarme de sobre todo NO hacer la manejada hacia Santa Maria ese mismo día : sería peligroso… la ruta es mala… y tendría que quedarme en Bagé.

Todo esto me puso de mal humor. Quedarme en Bagé significaba hacer solo 120km este día. Era solo mi segundo día de viaje, y ya se me había ido de las manos por completo. Nada que ver con Jo, pensé. Este sale con un destino, y siempre llega, haciendo muchos kilómetros. ¿Será que va a personas? ¿Será porque no tengo idea de lo que estoy haciendo? ¿Será que tendría que escuchar, o pasar de todos, y seguir? La verdad es que tenía ganas de llegar a Santa Maria. El señor que iba a ayudarme ahí parecía muy simpático, y estaba con prisas.

Pero decidí hacerles caso a toda esta gente que se preocupó por mí. Tragué mi orgullo y mis ganas de manejar para no tomar lo que todos llamaron un “riesgo tonto”. Me quedé en Bagé, en un hotel que me salió muy barato y me permitió dormir sola por primera vez desde mucho tiempo. Aparte, conocí una amable familia que me invitó a cenar pizzas caseras en su casa.

Lección del día : si surge un imprevisto y no puedes hacer nada al respeto, acepta la situación y busca transformarla en buena memoria.

Al día siguiente, me desperté muy cansada… Pero con toda la intención de recuperar el tiempo perdido. Ya estaba hablando con 4 o 5 motociclistas que me habían contactado. Mis ángeles de la guarda. Se pasaban mi contacto para asegurarse que tendría ayuda. Todos me decían lo mismo : comunica con nosotros tu itinerario, así nos aseguramos de que tengas ayuda con lo que necesitas, lo que hice. Y así es como también perdí el control del 3r día.

Avisé a uno de ellos que iba a pasar por su ciudad, Santiago, precisando que no me pararía a dormir ahí, sino en la frontera con Argentina. Sin embargo, 2h después de nuestra charla, cuando me paré a repostar gasolina y me entraron datos, descrubrí otro mensaje de ese señor. Me explicaba que había reunido varios motogrupos y que todo estaba organizado para una gran cena en su casa. No voy a mentir, me estaba cansando lo mucho que me costaba avanzar y tardé unos minutos en ver el lado cómico de la situación. Pero obviamente, solté y acepté que así iba a ser. Después de todo, no es cada día que puedo decir que me invitan a una cena con varios motogrupos en Brasil.

Un accidente en la ruta me hizo perder media hora, lo cual fue suficiente para preocupar a mis nuevos amigos. O por lo menos esto fue lo que deduje cuando aparecieron dos motociclistas con chaqueta de cuero, me adelantaron, y me hicieron señas para que me orillara al lado de la ruta. Si fuera una película, hubiera pensado que me querían asaltar… Pero cuando los vi, estaba segura de que eran amigos, y que habían venido a buscarme por la hora. Nos paramos los 3 y nos saludamos ahí, al lado de la carretera. Era imposible comunicar : ellos no hablaban español, y yo no hablaba portugués. Aun así, pasé una gran noche. Pero estaba agotada. Lo que más quería después de una manejada larga… era dormir. Pero intenté disfrutar de cada momento con esta buena gente. Porque, sabía, estaba viviendo algo excepcional. Mis primeros momentos viajando en moto por América del Sur. Y, viéndolo desde fuera, estaba empezando increíblemente bien.

El día siguiente, me tuve que poner firme cuando mis nuevos amigos organizaron no uno sino dos apoyos para ayudarme a pasar la frontera argentina. Habían contactado una persona de cada lado, cosa que no era necesaria. En la primera parte de mi viaje, ya había pasado como 15. Decidí que tenía a pasar de largo. Era la única manera de llegar a mi objetivo del día : Encarnación, Paraguay.

Y por fin algo salió. Pasé no una sino dos fronteras. No dije nada hasta llegar, agradecí a mis ángeles por ofrecer ayudarme y avisé que había ido todo bien. Llegué a Encarnación casi sin problema. Salvo por el momento penoso donde no logré arrancar en pendiente y paré el tráfico a metros del hostel… hasta que por fin un hombre vino a ayudarme a empujarla, con un concierto de bocinazos de fondo. Hermoso.

Tirada en la cama del hostel horrible donde caí ese día, reflexioné sobre el giro que dio mi vida desde que decidí separarme. Algo más de un mes después, estaba viajando sola en una moto enorme, había cruzado 3 países en 3 días. Todo, absolutamente todo en mi vida era un carnaval.

Ya sin hablar de mi decisión de renunciar a una relación de más de 7 años y bajarme de la van que habíamos construido juntos… una locura en si… en un abrir y cerrar de ojo era dueña de una moto de 200 kilos y acababa de cruzar 3 fronteras. Después de años de soledad en mi vida anterior, de repente, tenía amigos por todos lados. Se organizaban desconocidos en chaleco de cuero que ni hablaban mi idioma para ayudarme, darme consejos, invitarme a su casa, hasta organizar una fiesta para conocerme. Deciros que sentía gratitud es quedarme corta. Tenía el pecho reventando de amor. Este torbellino de hospitalidad me dejó alucinada, y también cansada, con ganas de procesar todo lo que me estaba pasando. Pilotear este viaje no tenía nada que ver con ninguna experiencia que había tenido hasta ahora como mochilera o viajando en van.

Lo que más me gustaba de todo esto, era a cuál punto me retaba a soltar el control. Ansiosa empedernida con tendencia al insomnio, la incertidumbre y yo… no nos llevamos bien. Lo cual es cómico para una viajera curtida cuya pasión en la vida es meterse en situaciones que van a ponerla a prueba.

Desde el primer momento, cuando se me encendió la bombilla de que quería seguir mi viaje en moto, supe que era la decisión correcta. Supe que iba a retarme de todas las formas posibles. Pero era justo lo que necesitaba.

Curiosamente, el hecho de no tener ningún control sobre nada me alivió. Por mucho que era incómodo, necesitaba vivir esto. Aprender a bailar con la incertidumbre. A fluir, a soltar, a adaptarme — no desde la rigidez y el sufrimiento, sino encontrándole la gracia a todo. Y esta noche, mirando a mi alrededor, me detuve a apreciar la absoluta locura que se había vuelto mi vida desde que me entregué al descontrol, y abracé el arte de las misiones secundarias.

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