Crónicas del viaje

Casi lo perdí todo en un accidente de moto en Brasil

Lo que pasó este día y como volví a la ruta a pesar del pánico.

2 de septiembre de 2026 · 10 min de lectura

Después de dejar una larga relación muy lejos de casa, me refugié con el único amigo que tenía en el continente, un motoviajero con quien mi ex y yo compartimos ruta en la Patagonia Chilena y Argentina (viajabamos en campervan, el en moto). Algunas semanas más tarde, compré mi moto y empecé a viajar sola por Latinoamérica. Como mi amigo estaba todavía por la zona, me junté con él para compartir un trozo del viaje (te cuento los primeros días en ruta de Uruguay a Paraguay aquí). La idea era ir de Ciudad del Este (Paraguay) hasta Florianopolis (Brasil) juntos. Pero la situación tomó un giro inesperado cuando tuve un accidente al salir de la pequeña ciudad de Concordia. 

El ruido del choque resuena en mi cabeza. Las imágenes de esos segundos donde todo cambió pasan frente a mis ojos en bucle, como una película atascada.

Esa maldita piedra justo en mi trayectoria. La sensación de flotar en el aire. Esos segundos donde no sé si habrá un después. El espantoso crujido metálico de una moto cargada proyectada al suelo. Aterrizar sin sentir nada.

Hoy se cumplen 65 días desde que rompí mi moto y terminé en urgencias. Todavía me duele, pero estoy mejor, y el cirujano dice que puedo manejar. Llevo todo mi equipo puesto, y ya no tengo otra opción que agarrar al toro por los cuernos. Literalmente.

No hay manera que me rinda. Además, ya no es posible. Todas las decisiones están tomadas. La plata se gastó. La moto está lista, y ella y yo tenemos solo dos semanas para salir de Brasil.

No les voy a mentir, estoy aterrorizada. Pero ni modo que el miedo gane esta batalla. Porque llevo dos meses recuperandome, y me los pasé extrañando la ruta, mirando en bucle las 10 pobre fotos que tomé en mi carrera de motoviajera. Porque desde que mis amigos de Yamaha empezaron a repararla, no camino, bailo. Porque hoy, está finalmente pronta, en frente mía, entera. Así que por mucho que no estoy ni remotamente lista a enfrentarme a mi máquina adorada y sus 200 kilos de metal, voy a espabilar y hacerlo igual.

La noche anterior, ya intenté dominar este pánico que paraliza mis brazos y piernas y me vuelve helada. Para que sepan, no es nada práctico cuando tienes una moto de viaje entre las piernas. ¿Mencioné su peso, verdad?

Lo que se había vuelto tan familiar hace dos meses no es más que un vago recuerdo en el momento en que monto mi XT. Los movimientos siguen ahí, pero estoy torpe. Me siento pequeña, frágil, y ella se me hace enorme. Pongo el contacto, y como se resiste, le doy un poco (demasiado) de gas: funciona, el motor ruge. Qué maravilla. Meto primera y suelto el embrague despacio. Arranca de inmediato. Ya me parece que está yendo demasiado rápido. Estoy tan nerviosa que se me cala al llegar arriba de la rampa. Empezamos bien… Siento el pánico invadir cada centímetro de mi ser, pero ya no hay otra, tengo que superarlo. Respiro hondo y me incorporo a la ruta.

La mirada de Jonathan cuando llega y me ve en el suelo. Recostada contra mi moto rota, en el hueco del asiento. Su voz cuando me pregunta si estoy bien, tensa pero totalmente tranquila. En control. Como siempre. La culpa que me retuerce las tripas. Toda mi energía, canalizada hacia una sola cosa: mantenerme consciente. Llega el dolor, y empiezo a alucinar por primera vez en mi vida. El pasto del otro lado de la carretera se deforma y ondula como un Van Gogh en verde y amarillo. Todo se vuelve borroso pero me aferro. Jo se levanta y habla con alguien, necesito que vuelva. Le hablo para sostenerme, le lanzo una cuerda esperando que la agarre porque me estoy hundiendo.

Apenas recorrí unos cientos de metros cuando me detengo despacio en la banquina. Tengo que recomponerme. Tu puedes. Me digo. Solo necesitas recuperar las sensaciones. Va a volver si vas despacio. Sabes hacerlo. Respiro hondo y suelto un suspiro para sacarme el hormigueo horrible que paraliza mis músculos. Ajusto los espejos, y vuelvo a la calle. Estoy en el tráfico, así que aprovecho para dejar el ralenti hacer su trabajo. El motor empuja la moto suavemente, yo me concentro en el equilibrio. Funciona: el pánico empieza a disiparse, y poco a poco, metro a metro, siento que puedo hacerlo. Unas cuadras, unos minutos, y un poco de suerte después (no tuve que detenerme en ese semáforo horrible arriba de una subida): estoy aliviada, logré salir de la ciudad.

Tengo una misión, y me dirigo hacia la ruta que tomamos aquel día.

Mi ánimo cambia, y siento el peso de este momento. De lo que estoy haciendo. Del lugar al que voy. Rápidamente, llegan las curvas. Hace dos meses que hago reír a todo el mundo en Concordia —la ciudad que me adoptó durante mi convalecencia— presentándome con mi portugués rudimentario como "el piloto". Expliqué el accidente mil veces, siempre con la misma conclusión: hay que frenar antes de la curva. Así que hoy, freno. Ridículamente. No hay nadie detrás de mí, puedo darme el lujo de tomarme mi tiempo. De no apurarme. Soy plenamente consciente de estar movilizando todo mi coraje, y al parecer, finalmente aprendí a ser suave conmigo misma.

Una curva. Dos. Tres. Todo bien. Mi cuerpo recuerda. La moto sigue mi mirada y acompaña cada movimiento. Se siente un poco mecánico, pero está volviendo. La tensión empieza a desaparecer. Y de nuevo, siento esa alegría tranquila, profunda, abrumadora de dulzura.

El paisaje es exactamente como en mis recuerdos. La ruta serpentea por el fondo de un valle, encajonada entre cerros cubiertos de una vegetación densa y exuberante. Unas nubes bajas envuelven las cumbres. Es un día gris, pero el contraste aumenta la belleza del lugar. La primavera llegó durante mi convalecencia, y el aire está fresco, cargado de un perfume delicioso. En todo el camino, veo árboles cubiertos de flores. Llevo la visera completamente abierta para no perderme ni una gota. La alegría borra todo lo que no pertenece a este momento, soy una con la moto, y el corazón se me sale del pecho.

Qué feliz estoy.

Mientras más avanzo, más cerca estoy de volver a ver ese maldito cruce. No puede estar mucho más lejos. Dejé el miedo atrás, pero todavía tengo una cuenta pendiente hoy. Cuando finalmente reconozco la ruta, sé que la próxima curva es la que casi fue la última. Freno aún más y tomo la curva a 40 por hora.

Y de repente, estoy ahí.

Pensé en este lugar todos los días desde el accidente. Analicé cada segundo. Veo el poste que evité. La subida detrás. El cantero central hacia el que me fui de frente cuando perdí el control.

Me detengo a un lado de la ruta, y mis pensamientos se detienen. El silencio me invade, invade el lugar. Ya no escucho más que el crujido de la grava bajo mis ruedas y el ruido del motor. Lo apago para hacerlo callar, y me entrego al peso de este momento.

Siento la humedad de mi manga, cuyo color negro disimula pudorosamente que está empapada de sangre. Mi sangre. Jo está de rodillas a mi lado. Me concentro en su cara mientras enrolla la manga con cuidado. Hace una mueca. Esta feo, dice. Y si él lo dice, mejor ni mirar. Tengo que aguantar.

Bajo de la moto y cruzo la ruta hacia el cantero central. El pasto ya creció, no quedan rastros. Mejor. Pero a pocos metros, hay pedazos de acrílico tirados por todas partes. Mi parabrisas. Todavía queda un pedazo grande en el pasto.

Lo levanto y mientras lo miro mi cabeza se va de nuevo para atrás.

El camión de bomberos frena despacio frente a mí. Hay varios autos parados, gente que se bajó a ayudar. La moto está tirada como un animal herido. Tengo miedo de dejarla ahí. No quiero perderla. Siento las manos que me sostienen el cuello mientras me sacan el casco, el collarín que me ponen. Escucho la camilla. La puerta de la ambulancia. El dolor me hace llorar con cada sacudida. El paramédico se da cuenta y me sujeta para que duela menos. Me veo ahí tirada, impotente. Pienso que mi viaje acabó. Que arruiné todo, que lo perdí todo. Que Jo se va a ir sin mí y yo me voy a quedar varada en medio de la nada en Brasil, sin moto, completamente sola. Y todavía no sé lo mejor : que el hospital se va a aprovechar de la situación y me va a dejar sin un duro.

Me imaginé cientos de veces cómo me iba a sentir al volver al lugar del accidente. Grave. Solemne. Conmovida. Orgullosa. Victoriosa. Y es exactamente así. Pero, sobre todo, me siento viva.

Vuelvo a ver a esa Emilie en el suelo, con el corazón roto, perdida. Agotada de luchar. Sé que no llegó ahí de la nada, que esta caída no es solo un accidente de moto, es la gota que rebalsó un vaso que venía llenándose hace mucho. Llevaba años exigiéndome de más, sin darme tregua. Y ese día, el cuerpo dijo basta. En el peor momento. Arriba de una moto.

Jonathan quiere que lleguemos a Urubici. Sería mi día más largo desde que tengo la moto. No estoy tranquila. No dormí nada, tengo el periodo, y no me encuentro bien. Pero aquí estoy. Encadenando las curvas a buen ritmo. Lo que pasó la noche anterior me está comiendo. A la tarde, la moto no quiso arrancar, después metí la pata, y Jo amenazó con dejarme atrás y lidiar con ese problema sola. Lo dijo solo para lastimar, aclaró después, lo cual me dejó todavía más acojonada. De golpe, al terminar una curva y ver la siguiente: se me hiela la sangre. Está más cerrada de lo que pensé. Voy demasiado rápido. No me da tiempo. Algo en mí se suelta y se bloquea al mismo tiempo. No reacciono, y voy derecho hacia adelante.

Hoy entiendo el peligro tan grande que corría al manejar ese día. El cansancio acumulado, el insomnio, descubrir que una amistad importante para mí se había vuelto tóxica, la tensión insoportable de una separación que temía... Tengo ganas de viajar en el tiempo, plantarme frente a mi, y gritarme: ¡Pero déjalo ir muchacha! Esto no es un amigo!

Llevaba un buen rato perdida en mis pensamientos cuando el ruido de un auto me trajo de vuelta. Hay algo más que vengo soñando con hacer hace semanas.

Cuando supe que quería reparar la moto, lo primero que hice fue decírselo a Felix (mi amigo y el antiguo dueño de la moto): no sé de dónde voy a sacar la plata le dije, pero la voy a arreglar. Voy a imprimir las calcomanías que hicimos juntos, y lo primero que voy a hacer cuando la recupere es venir a este maldito cruce a pegar una.

Sonrío al pensarlo y voy hacia la moto — las calcomanías están en una bolsa del tanque. Agarro una, la pego, y vuelvo a subirme. Justo cuando estoy arrancando, un auto se para a mi lado y me preguntan si está todo bien. La misma pregunta que el día del accidente. El mismo lugar. Solo que hoy estoy sana, y puedo decir que sí. Abajo del casco, tengo una sonrisa enorme.

Arranco, miro el cruce por última vez, y sigo camino hacia el mirador al que iba hace 65 días. No me iré de ahí sin esa foto, dicen que está de muerte !

Ya no tengo miedo.

Y mañana, vuelvo a la ruta.



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